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…Le colocaron la etiqueta de desordenado y poco cuidadoso en su trabajo ya que la caligrafía no era la adecuada a “su edad” …

En un reino no muy lejano nació, hace 12 años, un 29 de Diciembre, un príncipe que llenó de alegría a sus padres. Era un bebé buenísimo y pronto quiso empezar a descubrir el mundo. Con 9 meses empezó a caminar y se entretenía con cualquier cosa. Tenía un mundo interior tan grande que no sintió pronto el deseo de hablar, aunque se comunicaba como nadie con besos, abrazos y sonrisas.

Jugaba con otros niños con los que siempre se mostraba sonriente y seguro y con los que no tenía ningún conflicto.

Empezó la guardería y tuvo que adaptarse rápidamente al ritmo de niños con los que, en algunos casos, se llevaba cerca de un año pero supo ponerse a la altura y las cuidadoras así se lo hacían saber a sus orgullosos padres.

Llegó al colegio cuando aún no tenía los 3 añitos y allí las primeras dificultades: No hablaba con la fluidez que le correspondía a “su edad”, era inmaduro para “su edad”, la motricidad fina no era la adecuada para “su edad”… pero poco tuvieron en cuenta su esfuerzo y que aquel príncipe era de Diciembre. Le colocaron la etiqueta de desordenado y poco cuidadoso en su trabajo ya que la caligrafía no era la adecuada a “su edad”.

Sus padres, que le querían con locura no sabían qué hacer para ayudarle y, sobre todo su madre que era muy exigente, le hacía hacer caligrafía extra para ver si así mejoraba. Su rendimiento académico no sobresalía pero él era luchador y trabajador y no se rendía nunca.

Un día el destino quiso que se cruzase con ellos un hada que le concedió un deseo a cambio de una hora de su tiempo a la semana. Su deseo fue TENER BUENA LETRA. Y así, durante un año, el príncipe y el hada se veían cada semana y el hada, con mucho cariño y complicidad, se fue ganando su confianza.

Pronto se empezaron a ver los resultados y él mismo empezó a recuperar la confianza que tantos años de críticas poco acertadas había hecho que fuese perdiendo. Aquellos encuentros no suponían para él ninguna carga, al contrario, eran muy gratificantes y se sentía muy a gusto y motivado. Cada semana aprendía algo nuevo que iba aplicando en su día a día.

El resultado también se hizo visible para los maestros que, si bien al principio dudaron de la eficacia de aquella “magia”, le hicieron saber al pequeño príncipe que el cambio había sido muy positivo.

Al finalizar ese año, el pequeño príncipe ya no se sentía tan pequeño. Se había hecho grande, como su letra que había ido adquiriendo su propia personalidad.

Su sueño se había cumplido.

Y aunque el príncipe ya no se veía con el hada, la gratitud y el afecto perduró por siempre.

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